Todas las despedidas son odiosas y hay que enfrascarlas. Para ello atrapé ese nudo en la garganta con un cazamariposas, vertí todas las lágrimas en una probeta y las agité, almacené los abrazos sentidos y las promesas de amor al oído.
Por último, busqué un frasco resistente, de tamaño variable en función de la de la cantidad de ingredientes antes mencionados, vertí todo y removí con cariño, con suavidad; cerré como es debido, no se fuera a escapar nada y lo metí en un lugar seco y fresco.
Lo dejé reposar.
Lo dejé reposar.
No superé aún el adiós...
Tendré que comenzar de nuevo...

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