Salir de una mala racha no es difícil,
todo el mundo sale,
las malas rachas terminan solas.
Lo realmente difícil es salir ilesa,
despertarme de la pesadilla con buena
cara y con el cutis terso,
sin que se vean los rastros que la sequedad
provocada por las lágrimas ha dejado en mis mejillas,
en las aletas de mi nariz,
o en el contorno de mis ojos.
Los rastros que la ansiedad ha dejado en mis muslos,
en mis caderas o alrededor del ombligo.
Lo difícil es comenzar a combatir esa falta
de seguridad en mí misma que he ido adquiriendo,
o desadquiriendo para ser más exactos,
durante todos estos meses de angustia.
Lo difícil es dejar de recordar y volver
a ser lo que yo era: alegre, elegante, bonita, inteligente,
dulce, atrevida, irónica y graciosa.
Resulta difícil reir de nuevo,
e imaginar que lo que está por venir puede llegar
a ser tan bueno como lo que se perdió.
Pero lo más difícil es hacer balance,
darme cuenta de quienes son las personas que han
estado a mi lado en todo momento,
y quienes son las que yo esperaba
que estuvieran y no han estado.
Limpiar mi la lista de amistades,
tirar a la basura teléfonos que solía usar a diario
como quien tira una camisa vieja
y pasada de moda y desenpolvar,
por otro lado teléfonos habitualmente
poco usados porque vuelven a estar de moda como
el bolso de mano o el abrigo de visón
"vintage" que heredé de mi abuela.
Es paradójico, pero lo más difícil,
después de haber vivido una pesadilla
es aceptar la cruda realidad...